Los miedos a los contactos y los bloqueos emocionales
Una noche me visitó un hombre joven de unos treinta años. Había oído hablar de mis tratamientos con
Reiki y me confió algo. Desde su infancia había pasado por todas las formas de terapias y de análisis.
Por cierto, ahora conocía las falencias en sus conductas y los motivos que lo habían llevado a ellas, pero
no estaba en condiciones de elaborar estos conocimientos y de aprender de ellos.
En su infancia, su padre le pegaba a él y también a su madre. Tenía grandes miedos a los contactos y, al
producirse un acercamiento físico, entraba en pánico. Era incapaz de llorar y de demostrar aflicción; lo
que le producía gran desazón. Nunca en su vida había tenido una relación amorosa.
Con gran escepticismo, pero también lleno de esperanza consintió en hacer un viaje de Chakras. En el
transcurso del mismo tuve oportunidad de comprobar que las lágrimas corrían por la cara del joven.
Cuando concluyó el viaje, el joven lloró desgarradoramente y repetía: "¿Padre, porque me hiciste esto?".
Sintió una opresión en el estómago y una rabia descontrolada se posesionó de él. Lo tomé entre mis
brazos y le dije que no debía avergonzarse de sus sentimientos. Me miró asombrado y me dijo qué bien
se sentía entre los brazos de alguien. Había desaparecido en este momento el miedo que le tenía al
contacto físico. Cuando se tranquilizó, me contó acerca de su infancia y de sus terribles vivencias. Como
nunca se había alejado totalmente de su padre, había cerrado su alma, lo que fue su única oportunidad
para protegerse. Envolvió su espíritu en una capa protectora y no permitió que ningún sentimiento se le
aproximara.
Antes del tratamiento de Chakras llamé su atención sobre las posibles reacciones. Era probable una
nueva y fuerte reacción emocional, pero yo no interrumpiría el tratamiento. Hice fluir Reiki unos 10 minutos
cada vez en el Chakra del sacro, del plexo solar y del corazón. Cuando coloqué mis manos sobre
el chakra del corazón, comenzó a llorar nuevamente sin consuelo. Después del tratamiento, sollozaba:
"Perdoné a mi padre, realmente pude perdonarlo, y creo que encontré mi paz". Conversamos todavía
mucho tiempo y él siempre reiteró lo feliz que se sentía al poder llorar. Pleno de esperanza y de
confianza regresó a casa.
Unos días después el joven me llamó por teléfono. Junto con conocidos había hecho por primera vez un
recorrido por los bares de la ciudad. Uno de los hombres que lo acompañaban le pasó amigablemente
un brazo sobre los hombros. Fuera de sí, me contó que no sintió sentimientos de pánico.
En el ínterin el joven me visitó varias veces. Su conducta se está normalizando y estabilizando
visiblemente. Tampoco excluye una eventual relación amorosa y confía en encontrar pronto una
compañera agradable.
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